AUCKLAND, Nueva Zelanda, (De nuestro enviado especial, Tomás Gray).- Por algo son los mejores y marcan la diferencia con el resto. Los All Blacks están un paso adelante de los otros equipos, no sólo en la cancha y en el juego, sino también en el trato con la gente y en la conexión que tienen con su público.
Por cada ciudad que pasan el club de fans Backing Black organiza lo que se llama el All Black Day, en el cual los jugadores al menos comparten dos horas con los aficionados que no se cansan de alentar a sus ídolos en todo momento.
Se lo vive más o menos así. El club de fans prepara la fiesta con bastante anterioridad. Arman distintos juegos de rugby inflables, desde canchitas hasta palos para patear; regalan pósters quienes los piden y un par de All Blacks, que no quedaron en la lista final, hacen el aguante mezclándose con la gente, sacándose fotos y firmando autógrafos. La espera y la previa no dura más de una hora, donde todo es alegría y, como es obvio, todos están vestidos de color negro.
A la hora anunciada, con apenas 5 minutos de retraso, apareció el ómnibus con todos los jugadores neozelandeses y entonces estalló el delirio. "All Blacks, All Blacks, All Blacks", cantaba la gente cada vez más fuerte, a medida que el micro se aproximaba al lugar.
Todo estalló en un solo grito. Mucho más a medida que los jugadores fueron bajando. También hubo un ranking de aplausos. Curiosamente, el gran capitán Richie McCaw quedó quinto en esa tabla. El podio de los aplausos lo encabezó Sonny Bill (el aplausómetro saltó hasta el tope), luego se ubicaron Dan Carter y Conrad Smith. Cuarto quedó Richard Kahui y quinto el líder del equipo.
Los famosos jugadores fueron invitados a subir al escenario, desde donde hablaron al público presente. Los chicos y jóvenes fueron subiendo también a las tablas y les hicieron las preguntas que, en muchos de los casos, y con la mejor de las ondas, los All Blacks contestaron con humor.
Hay más: también bailaron y cantaron. Y hasta bromearon con la gente y contaron chistes. Todo fue alegría. Todos estaban felices. Y los neozelandes, se notaba a simple vista, también lo disfrutaban mucho.
Luego de 40 minutos arriba del escenario, los jugadores bajaron y se mezclaron con el público, que hizo largas colas para sacarse fotos y que les firmen los autográfos.
Así, pasaron dos horas inolvidables. No sólo para los "kiwis" (los ciudadanos de estas tierras), sino también para los extranjeros que pasaban por el lugar y se encontraron con tamaña fiesta.
También lo disfrutaron los turistas extranjeros que se encontraron con la reunión sorpresivamente. Lo más curioso y que llamó la atención: la poca seguridad que había en el lugar. No fueron más de 20 personas, vestidas de civil, con un chaleco verde. No hizo falta que actuaran. El respeto de la gente para aguardar en las colas fue notable.
Fanático
LA GACETA, que tuvo el privilegio de compartir esta fiesta, realizó un descubrimiento maravilloso. Entre tantos chicos fanáticos de los All Blacks que se acercaron a compartir un rato con sus ídolos, se encontraba un pequeño con la camiseta de Lionel Messi.
Pensábamos que podría ser argentino o español. Pero no, era un neozelandés puro, nacido en Wellington, que no hablaba ni una palabra en español, pero su padre nos comentó que en su familia todos eran fanáticos del astro de Barcelona y de la Selección.
"Lo vemos jugar en Barcelona. Es lo más grande que hay", comentó. Una perla blanquiceleste entre tanta locura toda negra.